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LEYENDA DE LA TATUANA – MIGUEL ANGEL ASTURIAS

Ronda por Casa-Mata la Tatuana…
El Maestro Almendro tiene la barba rosada, fue uno de los sacerdotes que los hombres blancos tocaron creyéndoles de oro, tanta riqueza vestían, y sabe el secreto de las plantas que lo curan todo, el vocabulario de la obsidiana —piedra que habla— y leer los jeroglíficos de las constelaciones.
Es el árbol que amaneció un día en el bosque donde está plantado, sin que ninguno lo sembrara, como si lo hubieran llevado los fantasmas. El árbol que anda … El árbol que cuenta los años de cuatrocientos días por las lunas que ha visto, que ha visto muchas lunas, como todos los árboles, y que vino ya viejo del Lugar de la
Abundancia.
Al llenar la luna del Búho-Pescador (nombre de uno de los veinte meses del año de cuatrocientos días), el Maestro Almendro repartió el alma entre los caminos.
Cuatro eran los caminos y se marcharon por opuestas direcciones hacia las cuatro extremidades del cielo.

La negra extremidad: Noche sortílega. La verde extremidad: Tormenta primaveral. La roja extremidad: Guacamayo o éxtasis de trópico. La blanca extremidad: Promesa de tierras nuevas. Cuatro eran los caminos.
—¡Caminín! ¡Caminito!… —dijo al Camino Blanco una paloma blanca, pero el Caminito Blanco no la oyó. Quería que le dieran el alma del Maestro, que cura de sueños. Las palomas y los niños padecen de ese mal.
—¡Caminín! ¡Caminito! … —dijo al Camino Rojo un corazón rojo; pero el Camino Rojo no lo oyó. Quería distraerlo para que olvidara el alma del Maestro. Los corazones, como los ladrones, no devuelven las cosas olvidadas.
—¡Caminín! ¡Caminito!… —dijo al Camino Verde un emparrado verde, pero el Camino Verde no lo oyó. Quería que con el alma del Maestro le desquitase algo de su deuda de hojas y de sombra.
¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos?
¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos?
El más veloz, el Camino Negro, el camino al que ninguno hablo en el camino, se detuvo en la ciudad, atravesó la plaza y en el barrio de los mercaderes, por un ratito de descanso, dio el alma del Maestro al mercader de joyas sin precio.
Era la hora de los gatos blancos. Iban de un lado a otro. ¡Admiración de los rosales! Las nubes parecían ropas en los tendederos del cielo.
Al saber el Maestro lo que el Camino Negro había hecho, tomó naturaleza humana nuevamente, desnudándose de la forma vegetal de un riachuelo que nacía bajo la luna ruboroso como una flor de almendro, y encaminóse a la ciudad.

Llegó al valle después de una jornada, en el primer dibujo de la tarde, a la hora en que volvían los rebaños, conversando a los pastores, que contestaban monosilábicamente a sus preguntas, extrañados, como ante una aparición, de su túnica verde y su barba rosada.
En la ciudad se dirigió a Poniente. Hombres y mujeres rodeaban las pilas públicas. El agua sonaba a besos al ir llenando los cántaros. Y guiado por las sombras, en el barrio de los mercaderes encontró la parte de su alma vendida por el Camino Negro al Mercader de Joyas sin precio. La guardaba en el fondo de una
caja de cristal con cerradores de oro.


Sin perder tiempo se acerco al Mercader, que en un rincón fumaba, a ofrecerle por ella cien arrobas de perlas.
El Mercader sonrió de la locura del Maestro. ¿Cien arrobas de perlas? ¡No, sus joyas no tenían precio!
El Maestro aumentó la oferta. Los mercaderes se niegan hasta llenar su tanto.
Le daría esmeraldas, grandes como maíces, de cien en cien almudes, hasta formar un lago de esmeraldas.
El Mercader sonrió de la locura del Maestro. ¿Un lago de esmeraldas? ¡No, sus joyas no tenían precio!
Le daría amuletos, ojos de namik para llamar el agua, plumas contra la tempestad, marihuana para su tabaco…
El Mercader se negó.
¡Le daría piedras preciosas para construir, a medio lago de esmeraldas, un palacio de cuento!
El Mercader se negó. Sus joyas no tenían precio, y, además ¿a que seguir hablando?, ese pedacito de alma lo quería para cambiarlo, en un mercado de esclavas, por la esclava más bella.

Y todo fue inútil, inútil que el Maestro ofreciera y dijera, tanto como lo dijo, su deseo de recobrar el alma. Los mercaderes no tienen corazón.
Una hebra de humo de tabaco separaba la realidad del sueño, los gatos negros de los gatos blancos y al Mercader del extraño comprador, que al salir sacudió sus sandalias en el quicio de la puerta. El polvo tiene maldición.

Después de un año de cuatrocientos días —sigue la leyenda— cruzaba los caminos de la cordillera el Mercader. Volvía de países lejanos, acompañado de la esclava comprada con el alma del Maestro, del pájaro flor, cuyo pico trocaba en jacintos las gotitas de miel, y de un séquito de treinta servidores montados.
—¡No sabes —decía el Mercader a la esclava, arrendando su caballería— cómo vas a vivir en la ciudad! ¡Tu casa será un palacio y a tus órdenes estarán todos mis criados, yo el último, si así lo mandas tú!
—Allá —continuaba con la cara a mitad bañada por el Sol— todo será tuyo.
¡Eres una joya, y yo soy el Mercader de joyas sin precio! ¡Vales un pedacito de alma que no cambié por un lago de esmeraldas! … En una hamaca juntos veremos caer el sol y levantarse el día, sin hacer nada, oyendo los cuentos de una vieja mañosa que sabe mi destino. Mi destino, dice, está en los dedos de una mano gigante, y sabrá el tuyo, si así lo pides tú.
La esclava se volvía al paisaje de colores diluidos en azules que la distancia iba diluyendo a la vez. Los árboles tejían a los lados del camino una caprichosa decoración de güipil. Las aves daban la impresión de volar dormidas, sin alas, en la tranquilidad del cielo, y en el silencio de granito, el jadeo de las bestias, cuesta
arriba, cobraba acento humano.

La esclava iba desnuda. Sobre sus senos, hasta sus piernas, rodaba su cabellera negra envuelta en un solo manojo, como una serpiente. El Mercader iba vestido de oro, abrigadas las espaldas con una Manta de lana de chivo. Palúdico y enamorado, al frío de su enfermedad se unía el temblor de su corazón. Y los treinta
servidores montados llegaban a la retina como las figuras de un sueño.

Repentinamente, aislados goterones rociaron el camino percibiéndose muy lejos, en los abajaderos, el grito de los pastores que recogían los ganados, temerosos de la tempestad. Las cabalgaduras apuraron el paso para ganar un refugio, pero no tuvieron tiempo: tras los goterones, el viento azotó las nubes,
violentando selvas hasta llegar al valle, que a la carrera se echaba encima las mantas mojadas de la bruma, y los primeros relámpagos iluminaron el paisaje, como los fogonazos de un fotógrafo loco que tomase instantáneas de tormenta.
Entre las caballerías que huían como asombros, rotas las riendas, ágiles las piernas, grifa la crin al viento y las orejas vueltas hacia atrás, un tropezón del caballo hizo rodar al Mercader al pie de un árbol, que, fulminado por el rayo en ese instante, le tomó con las raíces como una mano que recoge una piedra, y le
arrojó al abismo.

En tanto, el Maestro Almendro, que se había quedado en la ciudad perdido,deambulaba como loco por las calles, asustando a los niños, recogiendo basuras y dirigiéndose de palabra a los asnos, a los bueyes y a los perros sin dueño, que para el  formaban con el hombre la colección de bestias de mirada triste.
—¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos? … —preguntaba de puerta en puerta a las gentes, que cerraban sin responderle, extrañadas, como ante una aparición, de su túnica verde y su barba rosada.
Y pasado mucho tiempo, interrogando a todos, se detuvo a la puerta del Mercader de Joyas sin precio a preguntar a la esclava, única sobreviviente de aquella tempestad:
—¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos? …
El sol, que iba sacando la cabeza de la camisa blanca del día, borraba en la puerta, claveteada de oro y plata, la espalda del Maestro y la cara morena de la que era un pedacito de su alma, joya que no compró con un lago de esmeraldas.
—¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos?.. .
Entre los labios de la esclava se acurrucó la respuesta y endureció como sus dientes. El Maestro callaba con insistencia de piedra misteriosa. Llenaba la luna del Búho-Pescador. En silencio se lavaron la cara con los ojos, al mismo tiempo, como dos amantes que han estado ausentes y se encuentran de pronto.
La escena fue turbada por ruidos insolentes. Venían a prenderles en nombre de Dios y el Rey; por brujo a él y por endemoniada a ella. Entre cruces y espadas bajaron a la cárcel, el Maestro con la barba rosada y la túnica verde, y la esclava luciendo las carnes que de tan firmes parecían de oro.
Siete meses después, se les condenó a morir quemados en la Plaza Mayor. La víspera de la ejecución, el Maestro acercóse a la esclava y con la uña le tatuó un barquito en el brazo, diciéndole:
—Por virtud de este tatuaje, Tatuana, vas a huir siempre que te halles en peligro, como vas a huir hoy. Mi voluntad es que seas libre como mi pensamiento; traza este barquito en el muro, en el suelo, en el aire, donde quieras, cierra los ojos, entra en él y vete…
¡Vete, pues mi pensamiento es más fuerte que ídolo de barro amasado con cebollón!
¡Pues mi pensamiento es más dulce que la miel de las abejas que liban la flor del suquinay!
¡Pues mi pensamiento es el que se torna invisible!
Sin perder un segundo la Tatuana hizo lo que el Maestro dijo: trazó el barquito, cerró los ojos y entrando en él —el barquito se puso en movimiento—, escapó de la prisión y de la muerte.

Y a la mañana siguiente, la mañana de la ejecución, los alguaciles encontraron en la cárcel un árbol seco que tenía entre las ramas dos o tres florecitas de almendro, rosadas todavía.

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JAIRO ANIBAL NIÑO -Colombia

Jairo Aníbal Niño


IMAGEN JAIRO ANIBAL NIÑO

Jairo Aníbal Niño (Moniquirá (Boyacá), 5 de septiembre de 1941Bogotá, 30 de agosto de 2010 ) fue un escritor, poeta y dramaturgo colombiano, que se destacó principalmente en el campo de la literatura infantil y juvenil.

Biografía

Comenzó estudiando en Bucaramanga, pero abandonó sus estudios. Incursionó primero en las artes plásticas y en la pintura. Fue miembro del grupo de pintores La Mancha. Posteriormente fue actor, director de teatro, titiritero y dramaturgo. Fue profesor universitario y director de grupos universitarios de teatro. Escribió más de 40 obras y ocasionalmente firmaba sus textos con el seudónimo de Amadeo Zoro. Perteneció a diversos grupos de teatro llamados “de protesta” y al Teatro Libre de Bogotá. En 1988 ocupó el cargo de director de la Biblioteca Nacional de Colombia.

Durante su trayectoria literaria obtuvo el Premio Nacional de Literatura Enka (1977), el Premio para Guiones de Cortometraje de Focine (1980) y el Premio Iberoamericano Chamán (1990), su obra Preguntario fue destacada en la Lista de Honor de la Organización Internacional para el Libro Juvenil (1992), el premio Cuchilo Canario de Narración (1996), y el Premio Caracol al Mérito, otorgado por la Asociación Mexicana de Narradores.

Algunas de sus obras de teatro más reconocidas son El golpe de estado, El monte calvo, Las bodas de lata y Efraín González; entre sus guiones para cine se destacan Efraín González, ganador en el concurso de guiones para largometraje argumental convocado por Focine, y El manantial de las fieras. Dentro de sus cuentos infantiles se destacan De las Alas Caracolí, Dalia y Zazir, La alegría de querer, Aviador Santiago y Zoro; entre su producción también se destaca colecciones de relatos cortos como Puro pueblo y Toda la vida, entre otras. Sus obras han sido traducidas a diversos idiomas incluyendo el inglés, francés, alemán y portugués.

 

 

EL DÍA DE TU SANTO

El día de tu santo
te hicieron regalos muy valiosos:
un perfume extranjero, una sortija,
un lapicero de oro, unos patines,
unos tenis Nike y una bicicleta.
Yo solamente te pude traer,
En una caja antigua de color rapé,
un montón de semillas de naranjo,
de pino, de cedro, de araucaria,
de bellísima, de caobo y de amarillo.
Esas semillas son pacientes
y esperan su lugar y su tiempo.
Yo no tenía dinero para comprarte algo lujoso.
Yo simplemente quise regalarte un bosque

EL ENEMIGO VERDADERO

Un día me encontré cara a cara con un tigre y supe que era inofensivo.
En otra ocasión tropecé con una serpiente cascabel y se limitó a hacer sonar las maracas de su cola y a mirarme pacíficamente.
Hace algún tiempo me sorprendió la presencia de una pantera y comprobé que no era peligrosa.
Ayer fui atacado por una gallina, el animal mas sanguinario y feroz que hay sobre la tierra.

Eso fue lo que le dijo el gusanito a sus amigos

¿CÓMO SE PASA AL OTRO LADO DEL ESPEJO?

Para pasar al otro lado del espejo, se necesita del valor temerario
de un niño de siete años, de su facultad para convertir el azul en quetzal
y la nube en garza. El sabe que tiene que ascender por la vertiente más peligrosa del espejo, trepar cuidadosamente para no tropezar con el brillo, afianzar con firmeza el pie para evitar hundirse en la garganta de los
reflejos, y eludir el encuentro cegador con los ojos de su doble. Entonces llegará a la cúspide y pasará al resplandor del otro lado, descendiendo
por la parte oscura de la luna.

¿QUÉ ES LA DESPEDIDA?

La despedida es una mano
que es un pañuelo
que es el corazón
y la distancia.

La despedida es una mano
que es un pañuelo
que es una mano
en el corazón
de la distancia.

LA GIOCONDA

Una vez en Barranquilla existió un hombre que dedicó su vida a estudiar el fenómeno de la sonrisa de la Gioconda.

Luego de muchos años de estudio e investigaciones, descubrió que Leonardo no pintó sobre el rostro de la mujer ninguna sonrisa. De su pincel surgió un rostro adusto con ojos del dulce color de las nubes del vino. Es el espectador quien al mirarla y quererla sonríe primero. Ella lo hace después.

AYER POR PRIMERA VEZ

Ayer por primera vez
supe lo que era la aritmética
cuando, sin que nadie se diera cuenta,
me besaste en los labios.
Ayer por primera vez
supe que 1 más 1 son 1.

CUANDO PASAS

Cuando pasas,
se cae un cuaderno
un pie tropieza,
se escurren unos anteojos,
se oprime una garganta,
un par de manos sudan,
se extravía una bufanda.
Lo que ocurre
es que el cuaderno,
el pie,
los anteojos,
la garganta,
el par de manos
y la bufanda
están locos por ti.

USTED

Usted
que es una persona adulta
– y por lo tanto-
sensata, madura, razonable,
con una gran experiencia
y que sabe muchas cosas,
¿qué quiere ser cuando sea niño?

LECCIÓN DE MUSICA

Do,
re,
mi,
fa,
sol,
la,
si.
Si?
Sí,
mi
sol;
sí.

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EL RUISEÑOR Y LA ROSA – OSCAR WILDE (Y QUE PASO CON EL AMOR???)

Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa
roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay una solo rosa roja en todo
mi jardín.

Desde su nido de la encina,
oyóle el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado.

-¡No hay ni una rosa roja en todo mi jardín!
-gritaba el estudiante.

Y sus bellos ojos se llenaron de llanto.

-¡Ah, de qué cosa más insignificante depende
la felicidad! He leído cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos
de la filosofía y encuentro mi vida destrozada por carecer de una rosa roja.

-He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo el
ruiseñor-. Le he cantado todas las noches, aún sin conocerlo; todas las noches
les cuento su historia a las estrellas, y ahora lo veo. Su cabellera es oscura
como la flor del jacinto y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la
pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente.

-El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba
el joven estudiante-, y mi amada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa
roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré en
mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía.
Pero no hay rosas rojas en mi jardín. Por lo tanto, tendré que estar solo y no
me hará ningún caso. No se fijará en mí para nada y se destrozará mi corazón.

-He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-.
Sufre todo lo que yo canto: todo lo que es alegría para mí es pena para él.
Realmente el amor es algo maravilloso: es más bello que las esmeraldas y más
raro que los finos ópalos. Perlas y rubíes no pueden pagarlo porque no se halla
expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor ni ponerlo en una
balanza para adquirirlo a peso de oro.

-Los músicos estarán en su estrado -decía el joven
estudiante-. Tocarán sus instrumentos de cuerda y mi adorada bailará a los sones
del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo,
y los cortesanos con sus alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no
bailará, porque no tengo rosas rojas que darle.

Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con
las manos y lloraba.

-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde,
correteando cerca de él, con la cola levantada.

-Si, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba
persiguiendo un rayo de sol.

-Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su
vecina, con una vocecilla tenue.

-Llora por una rosa roja.

-¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería!

Y la lagartija, que era algo cínica, se echo a reír con
todas sus ganas.

Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena
del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando sobre el
misterio del amor.

De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el
vuelo.

Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra
atravesó el jardín.

En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal, y
al verle, voló hacia él y se posó sobre una ramita.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis
canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza.

-Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la
espuma del mar, más blancas que la nieve de la montaña. Ve en busca del hermano
mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá el te dé lo que quieres.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno
del viejo reloj de sol.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis
canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza.

-Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas
como los cabellos de las sirenas que se sientan sobre un tronco de árbol, más
amarillas que el narciso que florece en los prados antes de que llegue el
segador con la hoz. Ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana
del estudiante, y quizá el te dé lo que quieres.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de
la ventana del estudiante.

-Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis
canciones más dulces.

Pero el arbusto meneó la cabeza.

-Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las
patas de las palomas, más rojas que los grandes abanicos de coral que el océano
mece en sus abismos; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha
marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas
este año.

-No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-,
una sola rosa roja. ¿No hay ningún medio para que yo la consiga?

-Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan
terrible que no me atrevo a decírtelo.

-Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy miedoso.

-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal -, tienes
que hacerla con notas de música al claro de luna y teñirla con sangre de tu
propio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás
para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre
de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía.

-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó
el ruiseñor-, y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque
verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas.
Suave es el aroma de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se
esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es
mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un
hombre?

Entonces desplegó sus alas obscuras y emprendió el
vuelo. Pasó por el jardín como una sombra y como una sombra cruzó el bosque.

El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped
allí donde el ruiseñor lo dejó y las lágrimas no se habían secado aún en sus
bellos ojos.

-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu
rosa roja. La crearé con notas de música al claro de luna y la teñiré con la
sangre de mi propio corazón. Lo único que te pido, en cambio, es que seas un
verdadero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, aunque ésta
sea sabia; más fuerte que el poder, por fuerte que éste lo sea. Sus alas son
color de fuego y su cuerpo color de llama; sus labios son dulces como la miel y
su hálito es como el incienso.

El estudiante levantó los ojos del césped y prestó
atención; pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor, pues sólo sabía
las cosas que están escritas en los libros.

Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque
amaba mucho al ruiseñor que había construido su nido en sus ramas.

-Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan
triste cuando te vayas!

Entonces el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era
como el agua que ríe en una fuente argentina.

Al terminar la canción, el estudiante se levantó,
sacando al mismo tiempo su cuaderno de notas y su lápiz.

“El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-, el
ruiseñor posee una belleza innegable, ¿pero siente? Me temo que no. Después de
todo, es como muchos artistas: puro estilo, exento de sinceridad. No se
sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y en el arte; como todo
el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente, no puede negarse que su garganta tiene
notas bellísimas. ¿Que lástima que todo eso no tenga sentido alguno, que no
persiga ningún fin práctico!”

Y volviendo a su habitación, se acostó sobre su
jergoncillo y se puso a pensar en su adorada.

Al poco rato se quedo dormido.

Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor
voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas.

Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las
espinas, y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando toda la noche.

Cantó durante toda la noche, y las espinas penetraron
cada vez más en su pecho, y la sangre de su vida fluía de su pecho.

Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón
de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una
rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción.

Primero era pálida como la bruma que flota sobre el
río, pálida como los pies de la mañana y argentada como las alas de la aurora.

La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal
parecía la sombra de una rosa en un espejo de plata, la sombra de la rosa en un
lago.

Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más
contra las espinas.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el
día antes de que la rosa esté terminada.

Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y
su canto fluyó más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma
de un hombre y de una virgen.

Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la
rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su
prometida.

Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del
ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco: porque sólo la sangre de
un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa.

Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra
las espinas.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el
día antes de que la rosa esté terminada.

Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las
espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel
tormento de dolor.

Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su
canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en
la tumba.

Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de
Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su
corazón.

Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas
empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos.

Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que
algo se le ahogaba en la garganta.

Entonces su canto tuvo un último destello. La blanca
luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.

La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y
abrió sus pétalos al aire frío del alba.

El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las
colinas, despertando de sus sueños a los rebaños dormidos.

El canto flotó entre los cañaverales del río, que
llevaron su mensaje al mar.

-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la
rosa.

Pero el ruiseñor no respondió; yacía muerto sobre las
altas hierbas, con el corazón traspasado de espinas.

A medio día el estudiante abrió su ventana y miró hacia
afuera.

-¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una
rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy
seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado.

E inclinándose, la cogió.

Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del
profesor, llevando en su mano la rosa.

La hija del profesor estaba sentada a la puerta.
Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.

-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa
roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la
prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te
quiero.

Pero la joven frunció las cejas.

-Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido
-respondió-. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de
verdad, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.

-¡Oh, qué ingrata eres! -dijo el estudiante lleno de
cólera.

Y tiró la rosa al arroyo.

Un pesado carro la aplastó.

-¡Ingrato! -dijo la joven-. Te diré que te portas como
un grosero; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo
que puedas tener nunca hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del
chambelán.

Y levantándose de su silla, se metió en su casa.

“¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su
regreso-. No es ni la mitad de útil que la lógica, porque no puede probar nada;
habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son
ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo estriba en
ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica.”

Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación,
abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer.