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“Comedores de patatas” Vincent Van Gogh 1885

Autor:  Vincent Van Gogh 
Fecha:  1885
Museo:  Museo Nacional Van Gogh
Características:  82 x 114 cm.
Material:  Oleo sobre lienzo
Estilo:   Neo-Impresionismo
REFERENCIA AL CUADRO COMEDORES DE PATATAS EN “CARTAS A THEO” – VINCENT VAN GOGH
“..He querido dedicarme conscientemente a expresar la idea de que esa gente que bajo la lámpara, come sus patatas, con las manos que meten en el plato,  ha trabajado también la tierra, y que mi cuadro exalta, pues, el trabajo manual y el alimento que ellos mismos se han ganado tan honestamente.
He querido que haga pensar en una manera de vivir completamente distinta a las personas civilizadas.  Así. pues, no deseo en lo más mínimo que nadie lo encuentre ni siquiera bello ni bueno.
Durante todo el invierno, he tenido en mis manos el hilo de este tejido del cual buscaba el modelo definitivo y si ahora se ha vuelto un tejido de aspecto rudo y grosero, no es menos cierto que los hilos han sido elegidos con cuidado y siguiendo ciertas reglas.  Y bien podría suceder que  esto fuera una verdadera pintura de aldeanos.  Yo sé que es así.  Pero el que prefiera ver aldeanos almibarados, que pase de largo.  Por mi parte, estoy convencido de que a la larga se obtienen mejores resultados pintándolos en toda su rudeza que dándoles un primor convencional.
Con su falda y su camisa azules, cubiertas de polvo y remendadas,  y que bajo el efecto del tiempo, del viento y del sol, han tomado los más delicados matices, una muchacha de una granja es, a mi parecer, más hermosa que una dama; que se vista  como una señora y todo lo que hay en ella de verdadero desaparecerá.
Un aldeano es más bello entre los campos, con su traje de fustán, que cuando va a la iglesia el domingo, acicalado como un señor.
Y de la misma manera, sería un error a mi parecer, el dar a una pintura de aldeanos una pulcritud convencional.  Si una pintura de aldeanos huele a grasa, a humo, a olor de patatas, ¡ perfecto! No es malsano. Si un establo huele a estiércol, ¡bueno!… por eso es un establo; si los campos tienen un olor de trigo maduro o de patatas o de guano y estiércol, allí está precisamente la salud, sobre todo para los ciudadanos.
De tales cuadros se aprende algo útil.  Un cuadro de aldeanos no debe estar jamás perfumado.  Estoy ansioso de saber si encontrarás en el mío algo que te plazca; por lo menos así lo espero.  Estoy encantado de que el señor Portier haya dicho que quiere ocuparse de mis obras.  Por mi parte he hecho cosas más importantes que simples estudios.
En cuanto a Durand-Ruel, aunque haya opinado que los dibujos no valen por toscos, muéstrale este cuadro.  ¿Qué lo encuentra malo? Bueno.  Pero enséñaselo igual, a fin de que pueda ver que ponemos energía en nuestra lucha.  Seguro que oirás decir “¡Vaya mierda!”, prepárate para esto, que yo también lo estoy.  Pero ya terminaremos  por producir algo bueno y honesto.”
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La obra cumbre del periodo de Nuenen es Comedores de patatas. Van Gogh presenta una pobre estancia, iluminada por una lámpara de petróleo, en donde los campesinos se sientan a la mesa dispuestos a cenar su ración de patatas. Una de las mujeres vierte el contenido de la tetera en unas tazas blancas. La luz mortecina, el oscuro colorido y la actitud de los personajes convierten la escena en una imagen casi mística, reflejando el estado de ánimo del propio Van Gogh y su contacto con los campesinos.
La rapidez del trazo le impide centrarse en los detalles, olvidándose del dibujo para mostrar figuras caricaturescas que dan un toque de modernidad a una composición totalmente realista, similar a las que realizaban los artistas de la Escuela de La Haya.  Las figuras de la mesa se sitúan de manera que el espectador se integra en la estancia y comparte la comida con los campesinos. La preocupación de Vincent por el mundo agrario y minero holandés está tocando a su fin. Su mente proyecta cada vez con mayor fuerza un traslado a París para completar su formación y depurar unas deficiencias que el artista siente enormes deseos de superar. Pero algo le ata a Nuenen y es la figura de su padre. Cuando éste fallezca, Vincent sentirá un aire de libertad en su espíritu y se marchará a Antwerp, para contemplar los retablos que Rubens   realizara para la catedral, y más tarde a París.
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Fábula Joan Miró – Octavio Paz

El azul estaba inmovilizado entre el rojo y el negro.


El viento iba y venía por la página del llano,
encendía pequeñas fogatas, se revolcaba en la ceniza,
salía con la cara tiznada gritando por las esquinas,
el viento iba y venía abriendo y cerrando puertas y ventanas,
iba y venía por los crepusculares corredores del cráneo,
el viento con mala letra y las manos manchadas de tinta
escribía y borraba lo que había escrito sobre la pared del día.

El sol no era sino el presentimiento del color amarillo,
una insinuación de plumas, el grito futuro del gallo.
La nieve se había extraviado, el mar había perdido el habla,
era un rumor errante, unas vocales en busca de una palabra.

El azul estaba inmovilizado, nadie lo miraba, nadie lo oía:
el rojo era un ciego, el negro un sordomudo.
El viento iba y venía preguntando ¿por dónde anda Joan Miró?
Estaba ahí desde el principio pero el viento no lo veía:
inmovilizado entre el azul y el rojo, el negro y el amarillo,
Miró era una mirada transparente, una mirada de siete manos.
Siete manos en forma de orejas para oír a los siete colores,
siete manos en forma de pies para subir los siete escalones del arco iris,
siete manos en forma de raíces para estar en todas partes y a la vez en Barcelona.

Miró era una mirada de siete manos.
Con la primera mano golpeaba el tambor de la luna,
con la segunda sembraba pájaros en el jardín del viento,
con la tercera agitaba el cubilete de las constelaciones,
con la cuarta escribía la leyenda de los siglos de los caracoles,
con la quinta plantaba islas en el pecho del verde,
con la sexta hacía una mujer mezclando noche y agua, música y electricidad,
con la séptima borraba todo lo que había hecho y comenzaba de nuevo.

El rojo abrió los ojos, el negro dijo algo incomprensible y el azul se levantó.
Ninguno de los tres podía creer lo que veía:
¿eran ocho gavilanes o eran ocho paraguas?
Los ocho abrieron las alas, se echaron a volar y desaparecieron por un vidrio roto.

Miró empezó a quemar sus telas.
Ardían los leones y las arañas, las mujeres y las estrellas,
el cielo se pobló de triángulos, esferas, discos, hexaedros en llamas,
el fuego consumió enteramente a la granjera planetaria plantada en el centro del espacio,
del montón de cenizas brotaron mariposas, peces voladores, roncos fonógrafos

entre los agujeros de los cuadros chamuscados
volvían el espacio azul y la raya de la golondrina, el follaje de nubes y el bastón florido:
era la primavera que insistía, insistía con ademanes verdes.
Ante tanta obstinación luminosa Miró se rascó la cabeza con su quinta mano,
murmurando para sí mismo: Trabajo como un jardinero.
¿Jardín de piedras o de barcas? ¿Jardín de poleas o de bailarinas?
El azul, el negro y el rojo corrían por los prados,
las estrellas andaban desnudas pero las friolentas colinas se habían metido debajo de las sábanas,
había volcanes portátiles y fuegos de artificio a domicilio.
Las dos señoritas que guardan la entrada a la puerta de las percepciones,

Geometría y Perspectiva,
se habían ido a tomar el fresco del brazo de Miró, cantando
Une étoile caresse le sein d’une négresse.

El viento dio la vuelta a la página del llano, alzó la cara y dijo, ¿Pero dónde anda Joan Miró?
Estaba ahí desde el principio y el viento no lo veía:
Miró era una mirada transparente por donde entraban y salían atareados abecedarios.

No eran letras las que entraban y salían por los túneles del ojo:
eran cosas vivas que se juntaban y se dividían, se abrazaban y se mordían y se dispersaban,
corrían por toda la página en hileras animadas y multicolores, tenían cuernos y rabos,
unas estaban cubiertas de escamas, otras de plumas, otras andaban en cueros,
y las palabras que formaban eran palpables, audibles y comestibles pero impronunciables:
no eran letras sino sensaciones, no eran sensaciones sino Transfiguraciones.

¿Y todo esto para qué? Para trazar una línea en la celda de un solitario,
para iluminar con un girasol la cabeza de luna del campesino,
para recibir a la noche que viene con personajes azules y pájaros de fiesta,

para saludar a la muerte con una salva de geranios,
para decirle buenos días al día que llega sin jamás preguntarle de dónde viene y adónde va,
para recordar que la cascada es una muchacha que baja las escaleras muerta de risa,
para ver al sol y a sus planetas meciéndose en el trapecio del horizonte,
para aprender a mirar y para que las cosas nos miren y entren y salgan por nuestras miradas,
abecedarios vivientes que echan raíces, suben, florecen, estallan, vuelan, se disipan, caen.

Las miradas son semillas, mirar es sembrar, Miró trabaja como un jardinero
y con sus siete manos traza incansable —círculo y rabo, ¡oh! y ¡ah!—
la gran exclamación con que todos los días comienza el mundo.