LEYENDAS Y MITOS LATINOAMERICA


LA LEYENDA SAGRADA DEL YURUPARI (Colombia)

El misionero javeriano Padre Diego Villa Pérez, remitió a ETHNIA esta leyenda que oyó contar varias veces a los aborígenes del Vaupés. Bajo el signo misterioso de la melancolía selvática y con el emblema del silencio y del misterio, se encuentran antiguas leyendas tan creídas y practicadas ahora, que da la impresión de ser algo real y nuevo en las mentes de los actuales y civilizados indígenas, rezago de antiguas creencias que hacen parte de su historia incógnita y oscura.
Si fuéramos a escribir todas y cada una de las leyendas indígenas que se entremezclan una en otro con siglos de historia y de vida, nos gastaríamos muchos años para recopilarlas y seria trabajoso, difícil y nada fácil, ya que las pocas que sabemos han sido relatadas con sigilo y temor, y las muchas de ellas nunca serán conocidas por nosotros, porque hacen parte de su sicología reservada y tímida, dando como resultado la absoluta imposibilidad para saberlas y escribirlas. Dando estos antecedentes, tímidamente me permitió informar una de esas leyendas principales que han andado siglos y siglos de boca en boca, por las malocas y en los caminos oscuros de la selva, como por los ríos caudalosos y los tranquilos caños, en los potrillos y en las hamacas, en la soledad y en los bulliciosos cachiríes de las tribus indígenas del Vaupés.

Común a todas las tribus de la selva amazónica, es tan fantástica leyenda que es el corazón del indígena; para el hombre su poder y para la mujer su inquietud y la muerte. Dice así la leyenda: ‘’En un principio había en la tierra dos personas: buenas y se llamaba TUPANA (en guaraní significa santo); hacia el bien, no gustaba de cosas que no servían ni menos parrandas y fiestas profanas. El otro personaje era YURUPARI, amigo de lo malo; juego, chicha, bailes y vivía de lejos de TUPANA. (la palabra yurupari, significa diablo en Guaraní). yurupari arrastraba para si mucha gente.

Contrariamente de Tupana tenia pocos seguidores; y las fiestas de yurupari hacían llevar al bando de la maldad a muchos secuaces. Un día TUPANA resuelve matar a yurupari por ser este quien tenia mas gente en su bando. Se hicieron a una hoguera grandísima y allí quemaron al yurupari con quien habían tenido tantas dificultades y enemistades. una vez hecho ceniza vinieron sus seguidores con gran tristeza y quedaron silenciosos ante semejante realidad; y no pudieron encontrar un solo hueso; todo él había sido hecho ceniza.

Pasaron muchos días, y en las cenizas retoño una palma llamada Pachuba (en lengua guaraní), y fue ella muy bonita por lo alta y recta. Vinieron al lugar mujeres y al mirar la palma hermosa, llamaron a los hombres para convenir con ellos tumbarla y formar con ella un instrumento que imitara la voz de Yurupari Este era el recuerdo viviente de Yurupari Tres pedazos de palma fueron suficientes para formar el antedicho instrumento que imito perfectamente la voz de Yurupari. Desde entonces las mujeres fueron poseedoras del gran Yurupari. Ellas lo tocaban cuando iban al baño en las mañanas; al oírse de lejos se decía que era Yurupari que estaba vivo. Y era oficio de las mujeres traer pepas del monte para los hombres que hacían los oficios domésticos.

Con el correr de los años se aburrieron por ser ellos los llamados hacer los quehaceres del hogar. Además Yurupari era hombre y las mujeres decían no estar con él. Una sola reunión fue suficiente para que los hombres acordaran únicamente el ir a la mañana siguiente a donde las mujeres acostumbradas al baño en el río, para quitarles el Yurupari. Todos ellos armados con adavi (bejuco rodeado de fibra que venia a constituir un verdadero azote, y palabra guaraní), fueron hasta el lugar en donde se encontraban las mujeres bañándose, y azotándolas con los adavi, las obligaron a entregar el yurupari a poder de los hombres.

Realizada la hazaña, se encaminaron al lugar donde se había quemado Yurupari y encontraron con gran sorpresa de todos, una mata de yuca brava, y miraron y era maní (guarani) o maniba (portugués) que es el palo de la yuca. L o arrancaron y vieron que era raíz de yuca e hicieron chicha como la que hacia Yurupari cuando vivía; y probaron la chicha y les supo perfectamente bien. Descubrieron pues, que era preparada con caldo de maní, llamado manicuera, exactamente como la preparaba el mismo Yurupari en vida. Esta manicuera era la misma sangre de Yurupari, es decir que la chicha es sangre de Yurupari poste se convirtió en yuca al ser quemado por Tupana. En esta reunión los hombres determinaron:

1) Prohibido a las mujeres conocer y volver a ver a Yurupari, porque al verlo, al instante este las matara. (para el efecto, los hombres han empleado todos los secretos y medios para dar a las mujeres la muerte, creyendo ellas que Yurupari quien las mata.

2) Los hombres niños de 12 años pueden conocer al Yurupari, bajo el siguiente requisito: someterse a una escuela de quince días en el monte, y bajo la dirección del payé, haciendo utensilios de casa: balayes, matafríos o chipichi (guarani), bancos, remos, etc.

Durante estos días serán azotados de madrugada con su adavi. Los peyés los aconsejaran así: después de ver a Yurupari serán hombres perfectos y podrán casarse. Todas éstas ceremonias las hacen los payés con humo de tabaco para que en los nuevos hombres todo quede en paz y tranquilidad. Hace el payé que sus instruidos comas ají para que se conserve la dentadura de ellos. Bajo pena de muerte no pueden descubrir a nadie el secreto del Yurupari. Una vez terminada la escuela, irán a la casa y se presentarán al papá y a la mamá porque ya son hombres que conocen el Yurupari además pueden casarse por saber hacer de todos los instrumentos necesarios para la casa.

Ese día se da un gran almuerzo al joven que llega y durante el mismo, entrega a sus padres los objetos que fabricó en la escuela. Con la aventura que realizó el hombre de apoderarse del Yurupari, éste domina totalmente y la mujer trabaja no duramente no solo en la casa, sino también en la chagra (huerta).

EL TATU Y SU CAPA DE FIESTA (Bolivia)

Las gaviotas andinas se habían encargado de llevar la noticia hasta los últimos rincones del Altiplano. Volando de un punto a otro, incansables, habían comunicado a todos que cuando la luna estuviera brillante y redonda, los animales estaban cordialmente invitados a una gran fiesta a orillas del lago. El Titicaca se alegraba cada vez que esto sucedía. Cada cual se preparaba con esmero para esta oportunidad. Se acicalaban y limpiaban sus plumajes y sus pieles con los mejores aceites especiales, para que resplandecieran y todos los admiraran. Todo esto lo sabía Tatú, él quirquincho, ya había asistido a algunas de estas fastuosas fiestas que su querido amigo Titicaca gustaba de organizar. En esta ocasión deseaba ir mejor que nunca, pues recientemente había sido nombrado integrante muy principal de la comunidad. Y comprendía bien lo que esto significaba… Él era responsable y digno. Esas debían haber sido las cualidades que se tuvieron en cuenta al darle este título honorífico que tanto lo honraba. Ahora deseaba íntimamente deslumbrarlos a todos y hacerlos sentir que no se habían equivocado en su elección. Todavía faltaban muchos días, pero en cuanto recibió la invitación se puso a tejer un manto nuevo, elegantísimo, para que nadie quedara sin advertir su presencia espectacular. Era conocido como buen tejedor, y se concentró en hacer una trama fina, fina, a tal punto, que recordaba algunas maravillosas telarañas de esas que se suspenden en el aire, entre rama y rama de los arbustos, luciendo su tejido extraordinario. Ya llevaba bastante adelantado, aunque el trabajo, a veces, se le hacia lento y penoso, cuando acertó a pasar cerca de su casa el zorro, que gustaba de meter siempre su nariz en lo que no le importaba. Al verlo, le preguntó con curiosidad que hacía y este le respondió que trabajaba en su capa para ponérsela el día de la fiesta en el lago, el zorro le respondió que como iba a alcanzar a terminarla si la fiesta era esa noche. El quirquincho pensó que había pasado el tiempo sin notarlo. Siempre le sucedía lo mismo… Calculaba mal las horas… Al pobre Tatú se le fue el alma a los pies. Una gruesa lágrima rodó por sus mejillas. Tanto prepararse para la ceremonia… El encuentro con sus amigos lo había imaginado distinto de lo que sería ahora. ¿Tendría fuerzas y tiempo para terminar su manto tan hermosamente comenzado? El zorro captó su desesperación, y sin decir más se alejó riendo entre dientes. Sin buscarlo había encontrado el modo de inquietar a alguien…y eso le producía un extraño placer. Tatú tendría que apurarse mucho si quería ir con vestido nuevo a la fiesta. Y así fue. Sus manitos continuaron el trabajo moviéndose con rapidez y destreza, pero debió recurrir a un truco para que le cundiera. Tomó hilos gruesos – 9 - y toscos que le hicieron avanzar más rápido. Pero, la belleza y finura iniciales del tejido se fueron perdiendo a medida que avanzaba y quedaba al descubierto una urdimbre más suelta. Finalmente todo estuvo listo y Tatú se engalanó para asistir a su fiesta. Entonces respiró hondo, y con un suspiro de alivio miró al cielo estirando sus extremidades para sacudirse el cansancio de tanto trabajo. En ese instante advirtió el engaño… ¡Si la luna todavía no estaba llena! Lo miraba curiosa desde sus tres cuartos de creciente… Un primer pensamiento de cólera contra el viejo zorro le cruzó su cabecita. Pero al mirar su manto nuevamente bajo la luz brillante que caía también de las estrellas, se dio cuenta de que, si bien no había quedado como él lo imaginara, de todos modos el resultado era de auténtica belleza y esplendor. No tendría para qué deshacerlo. Quizás así estaba mejor, más suelto y aireado en su parte final, lo cual le otorgaba un toque exótico y atractivo. El zorro se asombraría cuando lo viera… Y, además, no le guardaría rencor, porque sido su propia culpa creerle a alguien que tenía fama de travieso y juguetón. Simplemente él no podía resistir la tentación de andar burlándose de todos… y siempre encontraba alguna víctima. Pero esta vez todo salió bien: el zorro le había hecho un favor. Porque Tatú se lució efectivamente, y causó gran sensación con su manto nuevo cuando llegó, al
fin, el momento de su aparición triunfal en la fiesta de su amigo Titicaca.

EL ARMADILLO QUE APRENDIO A VOLAR (Peru)

Antiguamente, al principio de los tiempos, el armadillo (1) era como una persona. Vivía como los hombres. Al armadillo nosotros que vivimos en la selva le conocemos mejor por el nombre de carachupa (2). El armadillo, antes tenía su casa como los hombres, tomaba masato entre amigos como los hombres, trabajaba como los hombres. Uno de los mejores amigos del armadillo era el gallinazo, como tenía alas, sabía volar bien por el aire. Subía fácilmente a las alturas donde no había árboles, ni palos ni raíces ni piedras y por allí podía pasear tranquilo sin tropezarse con nada ni con nadie. Viendo esto, el armadillo dijo al gallinazo: -Cuñado, yo también quiero volar como tú y pasear por arriba tranquilo como veo que haces tú. El gallinazo respondiendo dijo así: – Está bien. Pero te voy a decir una cosa que no debes olvidar. Si tú deseas volar y pasear por arriba, no lo hagas cuando el sol esté encima y calienta fuerte. Cuando el sol aprieta y te empiece a quemar, bájate a tierra. Así podrás volar y pasear como yo hago. – Estoy de acuerdo, cuñado. Enséñame, pues , contestó el armadillo muy alegre. Entonces el gallinazo fabricó unas alas y se las puso al armadillo. Con cera de abeja se las pegó a los costados. Lo empujó para que volase, y el armadillo, dando un salto y moviendo las alas, se fue volando a las alturas. Mientras el armadillo volaba tranquilo por el aire, el sol subía lentamente por el cielo y empezaba a calentar. Pero él seguía volando, volando y volando. A las doce el sol estaba bien derechito. El sol apretaba mucho, quemaba. El armadillo, olvidando lo que le había avisado ,paseaba feliz. De pronto el gallinazo, la cera de las alas se despegaron. El armadillo desde bien alto cayó al fondo de un barranco. Al llegar al suelo, ¡tunk! Resonó en el bosque y el armadillo se hundió profundamente en la tierra. Entonces, sabiendo esto, así habló el gallinazo: – En adelante, cuando los hombres tengan hambre y salgan a mitayar (3) al encontrar un armadillo, se dirán: “vamos a matarlo y comerlo”. Y el gallinazo, escupiendo al suelo, aleteando se marchó a lo alto. Por eso, desde entonces, el armadillo o carachupa se esconde debajo de la tierra. Y huyendo pasa toda su vida. Así nos cuentan los viejos

1. Armadillo:  Vulgarmente es conocido en la selva del Alto Marañon por el nombre de carachupa-

2.Carachupa:  Es el nombre vulgar del armadillo.  Etimológicamente en quechua significa rabo sin pelo.

3. Mitayar: Salir al interior de la selva en busca de animales para matar y comer..

EL MITO DE LAS ESTRELLAS Y LOS HOMBRES (Peru)

Los antiguos mochicas se creían descendientes de cuatro estrellas primitivas o sea de dos parejas matrimoniales de astros, que habían procreado a todos los mundos. Era cuestión fuera de duda, para los primeros mochicas, que todo lo celestial tenía un exacto duplicado terreno. El aforismo cabalístico de "así como es arriba es abajo" era para ellos, un artículo de fe religiosa. En lo que respecta a sus creencias sobre los astros eran primitivas y restringidas. Así, por ejemplo, la Luna era más poderosa que el sol y también más útil, ya que se dejaba ver de noche y despejaba las tinieblas. Y se dejaba ver de noche especialmente para perseguir a los ladrones y castigarlos, puesto que era el vicio del robo a que ella más aborrecía. En segundo lugar veneraban al planeta Venus, a Sirio y a la constelación de las Pléyades o Siete Cabrías, que según sus creencias era la autora y creadora de todo el ganado cabrío, vigilando y cuidando del mejor desarrollo y conservación de los rebaños. Aquella doble pareja estelar, autora de todos los humanos, parece que estaba constituida por las estrellas de las constelaciones del Can Mayor y del pescado austral. Las dos estrellas más grandes y brillantes dieron origen a los nobles, a los principales, a los más inteligentes de los mochicas, mientras q de las otras dos estrellas, las más pálidas y pequeñas, procedieron los humildes, los tontos y los plebeyos. Por esto sólo los nobles podían desempeñar las más elevadas funciones del Estado, puesto que eran del mejor linaje celeste y estaban protegidos evidentemente por sus progenitores del cielo, estándoles reservado, a los de clase inferior, de acuerdo también con su origen, los cargos, oficios y menesteres de menor importancia. ¿cómo podría desempeñar, por ejemplo, el cargo de adivino o sacerdote público, un mochica que no tuviera a su favor un origen importante?. En caso contrario no existía la garantía nacional, la fe pública, ya que pesando sobre ellos la responsabilidad del pueblo y la vida propia del Estado, bien fuera en lo que respecta a las calamidades, a las enfermedades, a las guerras, a los hambres y los triunfos, y estando por su propio origen y descendencia, amparados por sus padres del cielo, no debieran equivocarse nunca. De esta manera los primeros habitantes de las tierras lambayecanas aseguraban la bondad de los cielos y adoraban a los astros, las lluvias, los vientos, el rayo, el relámpago, el trueno y las auroras, porque eran manifestaciones del amor o de la cólera divina

 

LOS DIOSES DE LA LUZ (Leyenda Mapuche)

 Antes de que los Mapuches descubrieran como hacer el fuego, vivían en grutas de la montaña; "casa de piedra", las llamaban.

    
Temerosos de las erupciones volcánicas y de los cataclismos, sus dioses y sus demonios eran luminosos. Entre estos, el poderoso Cheruve. Cuando se enojaba, llovían piedras y ríos de lava. A veces el Cheruve caía del cielo en forma de aerolito.

    Los Mapuches creían que sus antepasados revivían en la bóveda del cielo nocturno. Cada estrella era un antiguo abuelo iluminado que cazaba avestruces entre las galaxias.

    El Sol y la Luna daban vida a la Tierra como dioses buenos. Los llamaban Padre y Madre. Cada vez que salía el Sol, los saludaban. La Luna, al parecer cada veintiocho días, dividía el tiempo en meses.

    Al no tener fuego, porque no sabían encenderlo, devoraban crudos sus alimentos; para abrigarse en tiempo frío, se apiñaban en las noches con sus animales, perros salvajes y llamas que habían domesticado.

    Tenían horror a la oscuridad, era sigo de enfermedad y muerte.

    Se imaginaban cosas terribles.

    En una de esas grutas vivía una familia: Caleu, el padre, Mallén, la madre y Licán, la hijita.

    Una noche, Caleu se atrevió a mirar el cielo de sus antepasados y vió un signo nuevo, extraño, en el poniente: una enorme estrella con una cabellera dorada.

    Preocupado, no dijo nada a su mujer y tampoco a los indios que vivían en las grutas cercanas.

    Aquella luz celestial se parecía a la de los volcanes, ¿traería desgracias?, ¿quemaría los bosques?. Aunque Caleu guardó silencio, no tardaron en verla los demás indios. Hicieron reuniones para discutir que podría significar el hermosos signo del cielo. Decidieron vigilar por turno junto a sus grutas.

    El verano estaba llegando a su fin y las mujeres subieron una mañana muy temprano a buscar frutos de los bosques para tener comida en el tiempo frío.

    Mallén y su hijita Licán treparon también a la montaña.

    -Traeremos piñones dorados y avellanas rojas -dijo Mallén.

    -Traeremos raíces y pepinos del copihue -agregó Licán

    La niña acompaño otras veces a su madre en estas excursiones y se sentía feliz.

    -Vuelvan antes de que caiga la noche -les advirtió Caleu.

    -Si nos sorprende la noche, nos refugiaremos en una gruta que hay allá arriba, en los bosques -lo tranquilizó Mallén.

    Las mujeres llevaban canastos tejidos con enredaderas. Parecía una procesión de choroyes, conversando y riendo todo el camino.

    Allá arriba había gigantescas araucarias que dejaban caer lluvias de piñones. Y los avellanos lucían sus frutas redondas, pequeñas, rojas unas, color violeta y negras otras, según iban madurando.

    No supieron cómo pasaron las horas. El Sol empezó a bajar y cuando se dieron cuenta, estaba por ocultarse.

    Asustadas, las mujeres se echaron los canastos a la espalda y tomaron a sus niños de la mano.

    -¡Bajemos, bajemos! -se gritaban unas a otras.

    -No tendremos tiempo. Nos pillará la noche y en la oscuridad nos perderemos para siempre -advirtió Mallén.

    -¿Qué haremos entonces? -dijo la abuela Collalla, que no por ser la más vieja, era la más valiente.

    -Yo sé donde hay una gruta por aquí cerca, no tenga miedo, abuela -dijo Mallén.

    Guió a las mujeres con sus niños por un sendero rocoso. Sin embargo, al llegar a la gruta, ya era de noche. Vieron en el cielo del poniente la gran estrella con su cola dorada.

    La abuela Collalla se asustó mucho. -Esa estrella nos trae un mensaje de nuestros antepasados que viven en la bóveda del cielo -exclamó.

    Licán se aferró a las faldas de su madre y lo mismo hicieron los demás niños.

    -Vamos, entremos a la gruta y dormiremos bien juntas para que se nos pase el miedo -dijo Mallén.

    -Eso sería lo mejor, murmuró Collalla, temblorosa.

    Ella conocía viejas historias, había visto reventarse volcanes, derrumbarse montañas, inundaciones, incendios de bosques enteros.

    No bien entraron a la gruta, un profundo ruido subterráneo las hizo abrazarse invocando al Sol y la Luna, sus espíritus protectores.

    Al ruido siguió un espantoso temblor que hizo caer cascajos del techo de la gruta. El grupo se arrinconó, aterrorizado.

    Cuando pasó el terremoto, la montaña siguió estremeciéndose como el cuerpo de un animal nervioso.

    Las mujeres palparon a sus hijos, no, nadie estaba herido. Respiraron un poco y miraron hacia las boca blanquecina de la gruta: por delante de ella cayó una lluvia de piedras que al chocar echaban chispas.

    -¡Miren! -gritó Collalla. ¡Piedras de luz! Nuestros antepasados nos mandan este regalo.

    Cómo luciérnagas de un instante, las piedras rodaron cerro abajo y con sus chispas encendieron un enorme coihue seco que se erguía al fondo de una quebrada.

    El fuego iluminó la noche y las mujeres se tranquilizaron al ver la luz.

    -La estrella con su espíritu protector mandó el fuego para que no tengamos miedo -dijo la abuela Collalla riendo.

    Niños y mujeres también rieron, aplaudiendo el fuego.

    El grupo silencioso contempló las llamas como si fueran el mismo Padre Sol que hubiera venido a acompañarlas.

    Se sentaron junto a la gruta, oyendo crepitar las llamas como música desconocida.

    Al rato, llegaron los hombres desafiando las tinieblas por buscar a sus niños y mujeres.

    Caleu se acercó al incendio y cogió una llama ardiente; los otros lo imitaron y una procesión centelleante bajó de los cerros hasta sus casas.

    Por el camino iban encendiendo otras ramas para guiarse.

    Al otro día, oyendo el relato de las piedras que lanzaban chispas, los indios subieron a recogerlas y al frotarlas junto a ramas secas lograron encender pequeñas fogatas.
 
    Habían descubierto el pedernal. Habían descubrieron cómo hacer el fuego.

    Desde entonces, los Mapuches tuvieron fuego para alumbrar sus noches, calentarse y cocer sus alimentos.

LAS LAMPARITAS DEL BOSQUE (leyenda mapuche)

En una profunda caverna, cerca del cráter de un volcán, vivía el Gran Brujo, atormentado por sus maldades. Era corno el jefe de los brujos menores y de los brujitos. Pasaba inventando diabluras más o menos graves. La gente de los valles le terna miedo porque creían que era el causante de todas sus enfermedades y de la muerte de sus rebaños de llamas y guanacos y de sus aves de corral.

Muchas veces sucedían desgracias de las que el Brujo era inocente; pero de todas maneras él y sólo él sembraba la mala suerte en los campos. Para tenerlo contento, le dejaban afuera de sus rucas cántaros llenos de "mudái", especie de chicha que al Gran Brujo le encantaba.
Cuando la noche estaba más oscura, solía bajar de la cumbre montado en una ventolera. Al pasar por lo más espeso del bosque encendía miles de lamparitas rojas con el fuego que traía del volcán, y así no perder el camino de vuelta. -Vendré muy borracho -murmuraba para sí- y las luces me guiarán hasta mi caverna. El Brujo no se medía para tomar. Vaciaba jarro tras jarro de chicha hasta que no se daba cuenta ni por dónde andaba. Era la única manera de olvidar todas las maldades que hacía y la rabia que se le retorcía como culebra en el corazón. Esta rabia no tenía explicación; tal vez fuera la semilla de su propia brujería. El mudái lo hacía volar dulcemente en torno a las rucas y cantaba unas canciones muy tontas y desafinadas:

Soy un gorgorito

que se lleva el viento

y tengo cosquillas

de puro contento.


Hasta los niños, envueltos en sus mantas, despertaban y se reían del Brujo. Sabían que estando borracho no hacía daño a nadie. Y las risas infantiles caían como agua pura en el alma negra del Brujo; sentía una alegría rara al escucharlas, una especie de felicidad que le recordaba bosques vírgenes, frutos maravillosos, el nacimiento de las vertientes, que conoció cuando él era un recién nacido y no había hecho ninguna maldad todavía. Entonces se preguntaba -¿Por qué tuve que ser malo? Ay, mi madre fue una serpiente y mi padre un diablo, ¿qué otra cosa podía ser yo sino un malvado brujo? Y luego añadía con sonrisa lagrimosa: -Pero nací bueno… Lo recuerdo. Y como los borrachos pasan de la risa al llanto sin motivo, el Brujo se ponía a llorar sin consuelo y regresaba con lentos bamboleos a su casa. Y en el camino de vuelta, olvidábase de apagar las lamparitas que dejara colgando de los ramajes igual que campanillas. Así, durante casi todo el año, la selva lucía hermosas luminarias, hasta que llegaba el invierno con sus lluvias interminables. Una a una las luces se iban apagando y el Brujo, al no tener guía, se ponía a dormir todas sus borracheras en el corazón caliente del volcán. Los hombres y los animales descansaban de males y terrores. De este modo pasaron muchos soles y lluvias y el Brujo, con su mala voluntad, se puso más y más perverso. También se puso más tonto; y un tonto malo y poderoso es el peor azote que pueden tener los hombres y los seres de la naturaleza. Y sucedió que un año llovió más de la cuenta y el verano se atrasó. El Brujo tuvo que esperar para encender sus lámparas y como le hacía falta su bebida favorita, se puso de un genio espantoso. Aullaba en la cima de la montaña, arrojando piedras y cenizas. Su amigo, el gigante Cheruve, hacia otro tanto, lanzando lava y agua hirviendo a los valles, y robando niñas pequeñas para comérselas. Cuando por fin llegó el buen tiempo, hubo más lamparitas que otras veces en el bosque. Y el Brujo, al no encontrar toda la bebida que necesitaba para apagar su tremenda sed, se vengó de los campesinos enterrando sus dedos negros en las siembras de papas. -¡Qué peste más terrible!- se quejaban las mujeres al recoger las cosechas y encontrar las papas podridas-. ¿Qué comeremos este año? Y pensaban en sus niños que pasarían hambre. Se reunieron los jefes y dueños de las tierras para decidir qué hacer con el malvado Brujo. El más joven dijo: -Dejémosle el mudái junto a los matorrales; nosotros estaremos escondidos ahí y cuando esté borracho, le damos la paliza. A ver si así no regresa.

Algunos dijeron que sí y otros que era muy peligroso apalear al Brujo, porque podía convertirlos en ranas o en peces. -¡Y hasta en piedras! – gritó otro más miedoso. El de mediana edad aconsejó: -Le pondremos algo amargo como el natre en la chicha, una yerba que le dé dolor de estómago y le quite para siempre las ganas de tomarla. Pero también hubo razones en contra: al no hallar la bebida de su gusto, podría vengarse de manera terrible, robando los animales o matándolos. Entonces habló el más anciano: -Creo que tendremos que juntarnos todas las criaturas de la Tierra para ganarle al gran Brujo del demonio. Quiero decir que tenemos que reunirnos con nuestros animales protectores del aire, de la tierra y del agua. Y también será necesario invocar a los buenos espíritus de las selvas. Entre todos, tal vez podamos echarlo para siempre de nuestros valles. Esta vez los jefes, los campesinos y los jóvenes estuvieron de acuerdo. -La violencia nunca es una solución -concluyó el anciano-, un golpe acarrea tarde o temprano otro golpe; pero actuar unidos y con astucia traerá un buen final. Cada familia se preocupó de hablar con su animal protector. Y unos acudieron a las colinas para conversar con el Guanaco y otros a las selvas para hablar con el Puma. Los de la orilla del mar conferenciaron con los Delfines y los de la montaña, con el Águila Blanca. Los que habitaban cerca de las selvas se internaron para comunicarse con los espíritus de los árboles, cuyos pensamientos son profundos como raíces y amplios como sombras. El espíritu del Canelo aconsejó lo más sabio: -El Brujo de la montaña necesita sus lámparas para no perderse en la espesura de la selva; si se las quitamos, no podrá atravesar los bosques y no sabrá encontrar los senderos hacia los valles. Sólo así nos dejará en paz. Los hombres y los animales consideraron que el Canelo había dado la solución mejor y más sencilla. Y además, no encerraba ninguna violencia. En seguida se pusieron a planear lo que cada uno tendría que hacer para arrebatar al Brujo sus lamparitas. Los campesinos juntarían cientos de jarros de chicha para emborracharlo por largo tiempo. Después de mucho beber, el Brujo regresaría a través del bosque tan mareado y cegatón, que sería muy fácil confundirlo y cada hombre, cada niño y animal escondería una de las brillantes luces, dejando al malvado a oscuras para siempre. Ese mismo día las mujeres y las niñas se pusieron a fabricar grandes cantidades de la bebida favorita del Brujo. Jarros y jarros de greda se pusieron a fermentar y el olor del mudái llenaba el aire y se lo llevaba el viento hasta la montaña. Porque el viento también quiso participar en la guerra contra el que hacía tanto daño.

En torno a cada ruca se alinearon los cántaros llenos hasta los bordes. Allá, en su gruta, el Brujo, aún dormido, empezó a oler el agrio perfume con que el viento le hacía cosquillas, envolviéndolo de la cabeza a los pies. No tardó en despertar, sediento: -¡Qué olores suben del valle! ¡Aaaah! Esos infelices aprendieron bien la lección que les di, al pudrirles sus cosechas de papas. Llevaré un buen fuego para mis lámparas, porque esta vez sí que la borrachera será grande. Pidió a su amigo, el Cheruve, que le prestara una de sus teas y a cambio él le traería una indiecita para la comida. ¿Qué más se quería el gigante? Bajó entonces el Brujo agitando su fuego como bandera, de modo que los que estaban esperándolo se pusieron alerta. Encendió lámparas iluminando cada sendero del bosque para tener seguras las huellas a su regreso. Y luego se dirigió hacia los cientos de cántaros que rodeaban las rucas. -Nunca he probado un mudái tan delicioso como éste exclamó el Brujo, tragando sin parar-. La próxima vez apestaré todos los manzanos, porque veo que da buen resultado el maltrato. Ni por un instante se le pasó por la cabeza que tanto jarro lleno pudiera ser trampa. Poco antes del amanecer, cuando la noche es más oscura y tranquila, porque todos los seres, aun los nocturnos, reposan, el Brujo inició su regreso, olvidando por cierto la indiecita prometida al Cheruve. A medida que se internaba en el bosque, iban desapareciendo una a una las lamparitas que dejara encendidas. -Vaya, ¿qué pasa con mis luces? -gritó con una voz que parecía salirle de las orejas, tan mareado se sentía. Unas ligeras risas y murmullos sonaron aquí y allá. -¿Quién se ríe? ¡Ya verán! -aulló furioso, dándose encontrones con las ramas. Los guanacos escondieron las luces detrás de sus cabezas, los venados, entre sus astas, los pumas, con sus anchas patas, las águilas, con sus alas, los hombres, bajo sus mantas. Y los niños huían por todas partes, como luciérnagas risueñas, llevando entre sus manos una radiante lamparita. Hasta las truchas de los riachuelos jugaron a beberse los reflejos, iluminándose en el agua como fuegos fatuos. El Brujo suplicó que le devolvieran sus luces, dándose cuenta de que si conseguían arrebatárselas, estaba perdido. Pero los espíritus protectores se negaron, porque no se puede creer en las promesas de un borracho. Solamente logró que los pensamientos de los árboles guiaran hasta su gruta, donde a pesar de su derrota y de la rabia que le hervía en la cabeza, cayó al suelo echando humos alcohólicos por boca y orejas. Nunca más pudo bajar a los valles a hacer daño a los hombres y a las criaturas humildes. Nunca más el Cheruve le prestó una tea de fuego por no haberle llevado una indiecita. Pero aquellas luces que entre todos le quitaron, vuelven a iluminar cada año los senderos y son las flores del copihue que cuelgan de los ramajes de la selva como campanitas.

Vocabulario:

Mudai: Vocablo mapuche para designar una bebida alcohólica hecha, generalmente, en base a manzana. Otros pueblos autóctonos, le llaman chicha. Canelo: Árbol sagrado de los Mapuches. Natre: Arbusto muy amargo. Copihue: Planta trepadora del sur de Chile, que da flores acampanadas de color rojo. También hay variedades blancas y rosadas, pero escasas. Es la flor nacional de Chile.

LOS HUICHOLES Y EL MAIZ  (Mexico)

Los huicholes estaban cansados de comer cosas que no les gustaban.
Querían alguna cosa que pudieran comer todos los días, pero de maneras diferentes.
Un joven huichol oyó hablar del maíz y de sus famosos mets, unas tortillas, los chilaquiles y la sopa de tortilla que se preparaba con este cereal.
Pero el maíz se encontraba muy lejos, al otro costado de la montaña. Eso no lo desalentó y se puso en marcha.

Al cabo de poco tiempo vio una hilera de hormigas y como él sabía que ciertas de ellas eran las guardianas del maíz, las siguió.
Pero cuando el joven se durmió, las hormigas, sin ningún problema, se devoraron todas sus vestimentas, dejándolo sólo con su arco y sus flechas.
Sin ropas y hambriento el huichol se puso a lamentar. Fue entonces que un pájaro se posó sobre un árbol próximo. El joven apuntó su arco sobre él, pero el pájaro le regañó y le dijo que ella era la Madre del maíz. Lo invitó a seguirla hasta la Casa del Maíz donde ella lo autorizaría a tomar todo lo que él buscaba.

En la Casa de Maíz se encontraban cinco bellas doncellas, las hijas de la Madre del Maíz: Mazorca Blanca, Mazorca Azul, Mazorca Amarilla, Mazorca Roja y Mazorca Negra.
Mazorca Azul lo encantó con su belleza y su dulzura. Se casaron y volvieron a la villa Huichol.
Como él no tenía aún casa, durmieron un tiempo en un lugar dedicado a los dioses.
Después, como por encantamiento, la casa de los recién casados se llenaba cada día de espigas que la decoraban como flores.
Las gentes venían de todas partes porque Mazorca Azul les ofrecía espigas a manos llenas.
La bella esposa enseñó a su marido a sembrar el maíz y a cuidar los cultivos. Enterándose qué delicias ofrecía este nuevo alimento, los animales intentaron robarle. Mazorca Azul enseñó a las gentes a colocar fuego alrededor de los cultivos para espantar a las bestias en busca de espigas tiernas.

Los Ancianos cuentan que Mazorca Azul, después de haber enseñado todo lo que ella sabía, se molió ella misma y es de esta forma que los hombres conocieron el excelente atole, una bebida caliente que se prepara con granos de maíz.

 

EL SOL Y LA LUNA  (Mexico)

El primer Sol, el Sol del Tigre, nació en 955 a.c. Pero al final de un largo período de 676 años, el Sol y los hombres fueron devorados por los tigres.
El segundo Sol era el del viento. Él fue llevado por el viento y todos los que vivían sobre la tierra, y quienes se colgaban de los árboles para resistir a la tempestad se transformaron en monos.
Vino a continuación el tercer Sol, el sol de la Lluvia. Una lluvia de fuego se abatió sobre la tierra, y los hombres se transformaron en pavos.
El cuarto Sol, el sol de Agua, fue destruido por las inundaciones. Todos los que vivían en esta época se transformaron en peces.
El agua recubrió todo durante 52 años.

Pensativos, los dioses se reunieron en Teotihuacan:
- Quién se va a encargar ahora de traer la aurora sobre la tierra?
El Señor de los Caracoles, célebre por su fuerza y su belleza, hizo un paso adelante:
- Yo seré el sol, dijo él.
- Alguien más?
Silencio.
Todos miraron al Pequeño Dios Sifilítico, el más feo y desafortunado de los dioses, y decidieron:
- Tú.
El Señor de los Caracoles y el Pequeño Dios Sifilítico se retiraron a las montañas, que hoy son las pirámides del Sol y de la Luna. Allá, en ayunas, meditaron.
Luego los dioses formaron un inmensa hoguera, contemplaron el fuego y los llamaron.
El Pequeño Dios Sifilítico tomó impulso y se tiró a las llamas. Resurgió enseguida después y se elevó, incandescente, en el cielo.
El Señor de los Caracoles miró la hoguera ardiente, el seño fruncido. Avanzó, retrocedió, se detuvo, dio varias vueltas. Como no se decidía, exasperados, los dioses lo empujaron. Pero antes de que se elevara en el cielo, los dioses, furiosos, lo abofetearon y le pegaron en la cara con un conejo, tanto que le retiraron su resplandor.
Fue así que el arrogante Señor de los Caracoles se volvió la Luna. Las manchas de la Luna son las cicatrices de su castigo.

Pero el Sol resplandeciente no se movía.
El gavilán de obsidiana voló hacia el Pequeño Dios Sifilítico y le preguntó:
- Por qué no te mueves?
Y respondió, él, el menospreciado, el purulento, el jorobado, el cojo:
- Porque yo quiero la sangre y el reino.

Este quinto Sol, el Sol del Movimiento, iluminó a los toltecas e iluminó a los aztecas. Tenía garras y se alimentaba de corazones humanos.

 

LA MONTAÑA DE MAIZ (México)

Los dioses se preguntaron lo que podrían comer los hombres.
Un día, Quetzalcoatl encontró una hormiga roja en los alrededores de Teotihuacan. La hormiga llevaba un grano de maíz.
Muy interesado, Quetzalcoatl le preguntó dónde ella lo había encontrado. En un primer momento, la hormiga hizo como si nada pasara y prosiguió su ruta. Pero frente a la insistencia del dios ella respondió que lo había extraído de la "Montaña de Nuestra Alimentación" y lo invitó a seguirla.
Pero Quetzalcoatl era demasiado grande para entrar en este lugar como las otras hormigas. Entonces él debió recurrir a la magia y se transformó en hormiga negra. La hormiga roja lo esperaba en el interior, y lo guió hasta el lugar donde se encontraban montones y montones de maíz.
Después ella lo ayudó a recoger suficientes granos para compartir con los otros dioses. El gran Quetzalcoatl le agradeció y se fue.
Quetzalcoatl llevó el maíz a los otros dioses quienes, más tarde, lo dieron a comer a los hombres. El alimento era bueno. Había necesidad de más maíz, pero era una tarea fatigante transformarse en hormiga para llevar los granos poco a poco.
Quetzalcoatl intentó llevarse la "Montaña" entera pero no tuvo éxito. Los dioses pidieron entonces la ayuda al adivino Oxomo y su mujer Cipactonal para que ellos adivinen la suerte. Ellos le revelaron que si Nanahuatl lanzaba el rayo, la "Montaña de Nuestra Alimentación" permanecería abierta. Los Tlatocas (dioses de la lluvia) descendieron y comenzó a llover

 

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